miércoles, 25 de marzo de 2026

Hay una certeza universal que atraviesa marcas, edades y clases sociales: todos creemos que manejamos mejor que el promedio. No importa si recién sacamos el carnet o si llevamos treinta y nueve años al volante. En nuestra cabeza, siempre estamos del lado de los que “manejan bien”.

El promedio, por definición, queda compuesto por los otros.

  • El que frena de golpe.
  • El que no pone el guiño.
  • El que va lento por la izquierda.
  • El que acelera de más.
  • El que “no sabe manejar”.

Nosotros no. Nosotros manejamos “normal”.

La percepción es tan fuerte que ni siquiera se discute. Nadie se sube al auto pensando “soy un conductor mediocre”. Lo que pensamos es algo mucho más elegante: “manejo con criterio”. Y esa palabra, criterio, nos absuelve de casi todo.

El problema es que el promedio está hecho de personas que piensan exactamente lo mismo.

En la práctica, manejamos con una lógica bastante selectiva. Recordamos con lujo de detalles el error ajeno —ese cambio de carril sin aviso, ese frenazo innecesario— pero olvidamos con una facilidad admirable nuestras propias distracciones. El semáforo que no vimos, el celular que miramos “un segundo”, la rotonda que encaramos con más fe que técnica.

Todo eso no cuenta. Porque fue circunstancial. Porque fue distinto. Porque sabíamos lo que hacíamos.

También está el factor experiencia percibida. Muchos creen que manejar bien es manejar rápido. Otros, que es manejar despacio. Algunos piensan que es anticiparse. Otros, que es imponerse. Cada uno arma su propia definición, y casualmente siempre encaja perfecto con su forma de manejar.

El resultado es una convivencia curiosa: millones de conductores convencidos de estar por encima de la media, compartiendo calles, rutas y avenidas que no siempre reflejan ese talento colectivo.

Y aun así, nadie se siente responsable del caos. El tránsito “está imposible”, pero nunca por culpa propia. Es un fenómeno casi psicológico: el error propio se justifica, el ajeno se condena.

Quizás por eso las charlas sobre manejo siempre empiezan igual. “Yo manejo tranquilo”, “yo soy prudente”, “yo no corro”. Y terminan igual: hablando de lo mal que manejan los demás.

No es que seamos mentirosos. Es que manejar es una actividad profundamente subjetiva. No hay aplausos, no hay puntajes, no hay devolución inmediata. Nadie te dice “bien, hoy manejaste 7 puntos”. Entonces cada uno se evalúa solo. Y nadie se la “lleva a diciembre”.

Tal vez aceptar que no somos mejores que el promedio sería un buen primer paso. No para autoflagelarnos, sino para convivir mejor. Porque si todos somos excelentes conductores, algo no está cerrando.

Y si el tránsito es un reflejo de algo, no es de la habilidad individual, sino de cómo nos llevamos con los otros cuando creemos tener razón.

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