Hay autos que se recuerdan por la ficha técnica…por las comodidades, confort…también por los dolores de cabeza que te dió. Y hay otros que se recuerdan por la vida que pasó alrededor.
Porque el auto, muchas veces, no es protagonista. Es un testigo silencioso, cómplice, fiel y bastante paciente.
Es el mismo que un día usaste para ir nervioso a una entrevista de laburo, y años después para llevar a tu hijo al primer dia de colegio, al médico o simplemente a darte una vuelta por las sierras para despejar la cabeza. Compañero fiel en esas primeras vacaciones con tu novia, o con tu familia. El mismo volante, la misma butaca… pero otra persona manejando.
El auto no cambia tanto. Cambiamos nosotros.
Al principio se maneja rígido, atento a todo. Después con confianza. Más adelante con cansancio y al último por inercia. A veces con música bien fuerte, otras en silencio absoluto. Ese auto se las bancó todas. No pregunta. No opina. Arranca. Te lleva y te trae.
Las marcas de esas batallas ciudadanas empiezan a aparecer de a poco. Un rayón que “no sabés cómo fue”, un golpecito en el guardabarros porque le pegaste al árbol de la entrada de tu casa…una tecla recontra gastada, esa “maña” para arrancar, la mancha en el asiento que quedó de un café tomado a las apuradas, ó ese agujero en el tapizado por una quemadura de un pucho que revoleaste y no se quiso ir…
Son cosas que no figuran en ningún manual, pero que cuentan más historia que la pila de kilómetros que le hiciste.

Hay autos que conocieron mudanzas, otros que atravesaron separaciones, algunos que vivieron épocas buenas y otros que sobrevivieron épocas de bolsillos flacos. Siempre ahí. A veces más como nuevo, a veces pidiendo que le des bola, pero presentes. Siempre.
Por eso cuesta tanto soltarlos. No es solo porque “todavía anda”. Es porque ese auto estuvo cuando pasaron cosas importantes. Porque fue testigo de discusiones, silencios largos, decisiones grandes y vueltas a casa sin ganas de hablar, ó acompañándote eufórico como con esa canción, “Africa” de Toto, al mango, una y otra vez.
En este país, donde casi todo cambia dia a dia, el auto que se queda se vuelve una especie de archivo personal sobre ruedas. No recuerda todo, pero estuvo en casi todos los momentos clave.
Por eso cuesta tanto largarlo, incluso cuando ya no tiene sentido práctico.
No es nostalgia pura. Es que ese auto sabe cosas.
El auto no habla, no juzga, no pregunta, no recuerda nada: te sigue.
Pero si pudiera contar lo que vio… más de uno se bajaría antes de escuchar el final.


