miércoles, 4 de febrero de 2026

Cuando alguien escucha “el auto más caro de Argentina”, la imagen es casi automática: un deportivo europeo, puertas que se abren para arriba, cuero italiano, fibra de carbono y un dueño con apellido corto. Algo raro, exclusivo y claramente fuera de escala.

La realidad es bastante menos cinematográfica.

En Argentina, el auto más caro que se vende no siempre es el más sofisticado, el más rápido ni el más lujoso. Muchas veces es, simplemente, el que quedó atrapado en la peor combinación posible de impuestos, escasez y contexto económico. Y eso dice más del mercado que del auto.

Porque acá pasa algo curioso: el precio dejó de ser una señal de segmento. Ya no separa lujo de generalista, ni premium de popular. Hoy separa disponibilidad de escasez, cupo de restricción, y previsibilidad de caos.

Hay vehículos que, en cualquier otro país, serían considerados “caros pero razonables” dentro de su categoría. Pick-ups tope de gama, SUVs grandes, versiones full de modelos regionales. Nada exótico. Nada artesanal. Nada pensado para coleccionistas. Y sin embargo, en Argentina, terminan costando cifras que los colocan en la cima del mercado.

No porque sean el summum de la ingeniería, sino porque el sistema los empuja ahí.

escasez de autos en concesionarios argentina
El auto más caro que se vende en Argentina no es de lujo: qué explica este fenómeno 2

Los impuestos internos son el primer escalón. No distinguen tipo de vehículo ni uso real: castigan precio de lista. Da lo mismo si es un deportivo de lujo o una camioneta de trabajo con muchos ítems de confort. Si cruza cierto umbral, paga. Y paga como la puta madre.

Después aparece la escala. Argentina es un mercado chico, volátil y difícil de planificar. Producir poco encarece todo. Importar poco también. Cuando un modelo llega en cuentagotas, el precio deja de responder a costos y empieza a responder a disponibilidad. O mejor dicho, a su ausencia.

A eso se suma la lógica defensiva de las marcas. En un país donde no se sabe cuánto va a costar reponer un auto dentro de tres meses, el precio deja de mirar al cliente y empieza a mirar al riesgo. Nadie quiere vender barato algo que después no puede reponer.

El resultado es una paradoja: autos que no son de lujo, que no fueron pensados para ser aspiracionales, terminan con precios que los vuelven inalcanzables incluso para el público al que estaban destinados. No porque sean “demasiado buenos”, sino porque el mercado los deformó.

Por eso, más allá de percepciones o comparaciones con otros países, en Argentina conviene mirar los valores reales y cómo se mueven mes a mes, más que buscar referencias externas que ya no explican el mercado.

Tal vez el verdadero problema no es cuál es el auto más caro, sino qué dejamos de poder leer en un precio. Antes decía segmento. Hoy dice incertidumbre.

Y mientras eso no cambie, el auto más caro de Argentina va a seguir siendo, casi siempre, el menos obvio.


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